Insights / Gobierno del dato
Por qué el mismo indicador da distinto según quién lo calcule
No es un problema de herramientas. Es que nadie acordó qué significa la palabra.
Javiera Ortúzar
·11 de agosto de 2026
·7 min de lectura
Hay una escena que se repite en todas las empresas que he acompañado. Dos áreas llegan al comité con el mismo indicador y dos números distintos. Los siguientes cuarenta minutos se van en averiguar cuál está bien, y la decisión que estaba en tabla no se toma.
La reacción habitual es pedir una herramienta nueva. Es la reacción equivocada, y es cara.
Casi siempre es la definición
Cuando uno abre las dos consultas, la diferencia rara vez está en el cálculo. Está en qué se contó. Un área excluye a los clientes internos y la otra no. Una cuenta la venta cuando se emite la factura y la otra cuando se despacha. Una arrastra las devoluciones al mes original y la otra al mes en que ocurren.
Las dos tienen razón dentro de su propia definición. El problema es que nunca hubo una conversación donde alguien dijera cuál de las dos definiciones es la de la empresa.
Esa conversación es incómoda porque obliga a que alguien pierda. El área que venía reportando con su definición va a mostrar números peores el próximo trimestre. Por eso se posterga, y por eso el problema no se resuelve solo.
El costo que no se ve
Mientras dura la ambigüedad, la empresa paga tres cosas.
Paga tiempo de comité, que es el tiempo más caro que tiene. Paga desconfianza: una vez que un directorio vio dos números distintos para lo mismo, mira con sospecha todos los números que vengan después, incluidos los correctos. Y paga la imposibilidad de automatizar, porque ningún modelo puede priorizar sobre una definición que cambia según quién pregunte.
Ese tercer costo es el que crece. Una organización puede convivir años con indicadores ambiguos mientras las decisiones las tomen personas que se entienden en el pasillo. En el momento en que quiere delegar una decisión a una regla o a un modelo, la ambigüedad deja de ser un roce y pasa a ser un muro.
Cómo se sale
El orden que funciona es este, y no es glamoroso.
Primero, se hace una lista corta. No todos los indicadores importan: en la mayoría de las áreas hay entre ocho y quince que se usan de verdad para decidir. El resto son de acompañamiento y pueden esperar.
Segundo, cada uno recibe un dueño con nombre. La responsabilidad de un dueño no es calcular el indicador: es mantener su definición y avisar cuando cambia.
Tercero, la definición se escribe donde la gente la va a encontrar, no en un documento que nadie abre. Al lado del número, en el mismo tablero.
Cuarto, se instala una regla de calidad que avise cuando el dato se sale del rango esperado. Sin alerta, el error se descubre en el comité.
Esto es lo que llamamos gobierno del dato, y la palabra suena a burocracia. En la práctica son cuatro acuerdos y dos tableros. Lo difícil no es hacerlo: es sostener la conversación donde se decide quién tenía razón.